El secreto del idioma más hablado del mundo – Relato-

A ti, que coges el Ave en la Estación de Valladolid.
El secreto del idioma más hablado del mundo
Relato
Jamás había comprendido el motivo por el cual el idioma de una sola isla se había convertido en el idioma de todo el planeta. Sí. Me estoy refiriendo exactamente a la lengua inglesa.
 Desde que era niña me había rebelado contra esta apabullante certeza alrededor de la cual no hacía más que dar molinetes en busca de una explicación. Con los años aprendí inglés. Hice el esfuerzo de hablarlo. Puse todo mi oído en pronunciarlo. Mi voluntad en amarlo. No cejando en mi obstinación, estudié Antropología. Después cursé una licenciatura en Historia. Y me doctoré en Filología.
Ninguna de estas cosas fue suficiente. No conseguí averiguar en donde estribaba el éxito de la lengua inglesa.
La antropología no me aportó datos relevantes sobre las diferencias entre una lengua y otra. La Historia no consiguió explicar el auge de la lengua inglesa, ni siquiera a partir de la expansión del Imperio británico en su época más colonialista. Pero es que un doctorado en  Filología inglesa por la Universidad de Cambridge tampoco logró acercarme a una verdad, que no por cierta,  guardaba alguna lógica.
No obstante, desde siempre había adorado los viajes a Inglaterra. Me gustaban sus monótonos paisajes, sus matizados cielos, la ausencia de temperaturas extremas. La estancia en Cambridge cuando todavía era una doctoranda, colmó mi necesidad de perspectivas interminables y de horizontes amplios. No así, mi necesidad de saber la razón por la cual el idioma de una isla era hablado por el mundo entero.
No había transcurrido un año desde que finalizara mis estudios, cuando fui convocada por la Universidad en que me había doctorado para dar unas conferencias sobre el idioma inglés y su uso. Estaba acostumbrada a dar conferencias, pero ésta concreta, en la vetusta Universidad en la que tanto había aprendido, me llenaba de orgullo.
Fue una radiante tarde de fines de Marzo. Me encontraba en la estación de tren de Alta Velocidad de la ciudad de Valladolid. Esperaba salir hacia Madrid, en donde tomaría un avión rumbo a Londres. De repente, un hilo de voz femenino perfectamente timbrado reclamó toda mi atención. Era una voz bien empastada que como si estuviera declamando, traducía al inglés todas las informaciones que previamente se emitían en español.
La voz, en su más que correcto inglés, se iba haciendo con todo el vestíbulo de la estación y conmigo. Me llamaba. Reclamaba toda mi atención como si fuera una sinfonía. Ni las noticias de las dos de la tarde de la BBC radiaban con una pronunciación tan agraciada.
Miré alrededor. No había ni un solo inglés en el gran vestíbulo. Pero es que por si fuera poco, no había un solo extranjero.
 Entonces ¿a quién le hablaba la voz?
El tren llegó. Nada más poner el pie en la estación de Chamartín, volví a escuchar la voz. Cambiaban los mensajes. Pero era la misma pronunciación exquisita en un idioma extraño. Había extranjeros. Claro. Pero la mayoría hispanohablantes. Si acaso algún ruso.
Entonces volví a preguntarme ¿A quién le habla la voz?
El avión salió. Al cabo de una hora aterrizó en el aeropuerto de Heathrow y yo partí rumbo al hotel. Hasta el día siguiente no tendría que dar mi conferencia en Cambridge.
El hotel era de una cadena española. Me gustaba ir allí cuando iba a Londres porque estaba muy céntrico, era muy tranquilo y contaba con salas comunes silenciosas en donde era posible abstraerse. También porque el servicio de restaurante era de los mejores de la ciudad.
Entré en la recepción. El hotel estaba atestado. Toda la gente que deambulaba por la gran sala era hispanohablante. La mayoría españoles, pero también había algún argentino, una familia dominicana, un cubano. Incluso unos recién casados que decían ser de Venezuela. Me acerqué al mostrador. Como siempre hago cuando llego a ese hotel, fui a identificarme. En inglés. Ni por asomo se me había ocurrido jamás que, ya que se trataba de un hotel y que encima era de una cadena española,  deberían hablar varios idiomas.
Pero siempre hay una primera vez.
—Buenos días. Tengo reservada una habitación a nombre de Amanda González —le dije al recepcionista.
—I’m sorry, Miss Gonzalez, but I don’t speak Spanish. Only in English, please.
 
O lo que es lo mismo: “Lo siento, señorita González, pero no hablo español. Sólo en inglés, por favor”.
De repente me di cuenta de que no iba a hablar en inglés. Que al menos él iba a intentar entenderme en mi propio idioma. Aunque solo fuera ya por una cuestión de cortesía, la “polite” inglesa, ese término que tan pronto te enseñan cuando aprendes su idioma.
Fue inútil. El recepcionista no hizo por entenderme. Ni por signos.
Derrotada tuve que hablarle en inglés.
Cuando volví a mi estación de AVE preferida, que es la estación del Norte de la ciudad de Valladolid, volví a reencontrarme con esa voz hablando en la lengua universal. Sus uves perfectamente pronunciadas, la suavidad al enlazar unas sílabas con otras, ese arrullo idiomático, el dominio al articular las palatales… Todas estas cosas  me invitaron a escuchar como siempre lo había hecho. Es más, me hacían sentir como de vacaciones. En un país que no era el mío.
En un momento de clarividencia entendí lo que ni tres carreras universitarias me habían enseñando. La voz emitiendo se había hecho con todo el vestíbulo. Entonces caí en la cuenta de que igualmente había sucedido con el idioma de una sola isla, que se había hecho con el gran vestíbulo del mundo.
¿El secreto?
Los ingleses jamás han aprendido otro idioma que no sea el suyo.

La compleja sencillez de Gauguin

image.jpgPaisaje Tahitiano. Paul Gauguin. 1891.
Minneapolis Institute of Art.
Un ejemplo de la complejidad de lo sencillo. Ha jugado con los complementarios por partida triple. Los tres colores primarios: rojos, azules y amarillos,buscan a su complementario: verdes, naranjas y violetas. Porque no se tienen los unos a los otros. Al verde le falta rojo en su composiciòn, al naranja le falta azul, y al violeta el amarillo.
Una obra maestra en donde la sencillez, como en la Naturaleza, es sólo aparente.

Le conocí al revés

Parafraseando a mi hermano José María Gopala Márquez Jurado.

Le conocí al revés. Y en gran parte eso forjó mi carácter. El punto de vista para mí siempre fue diferente. Jugar al lado de un hermano mayor que siempre está boca bajo no es lo común. En los veranos de Collado Mediano, Hoyo de Manzanares y Alpedrete, mientras yo me entretenía jugando a lo que juegan todos los niños y mis hermanos menores dormían la siesta en el cochecito o en el capazo, él pasaba por encima de mi cabeza subido a un “saltador Gorila”. Este artilugio era un juguete con dos reposa pies, unos manillares y un palo de metal sustentado por un gran muelle. Imaginemos las figuras de un Tiovivo liberadas de los arneses y danzando libremente a golpe de saltos. Pues ésa era la danza de mi infancia. El saltante: mi hermano Jose María, Gopala para los amigos.
Todavía no sabía nada del mundo del yoga, ni lo enseñaba. Pero sus posturas ya lo predecían.
En verano, después de comer, yo me fabricaba verdaderas mansiones en la tierra con piedras y chinas, acribillada por los mosquitos, las hormigas y los pulgones de las acacias. Entretanto, él pasaba por encima de mis hombros con el muelle aquel y descansaba haciendo el pino o colgado de un árbol por las piernas.
Mientras llegaba el momento en que me podía bañar, o al menos despulgarme con la manguera, pasaban las tardes, no se oía una mosca por imperativo categórico de la época, y yo comprendía otros puntos de vista en la cabeza de mi hermano, que siempre estaba al revés.
Sí. Su cabeza siempre ha estado al revés. Lo que nunca he comprendido, ni siquiera ahora, es cómo la puede tener tan bien puesta. ¿O quizá por eso?

ARTÍCULO DE EL PAÍS SEMANAL
Hace 30 años el yoga era más sectario. “Para mis padres, que yo lo practicara con 16 años era un verdadero problema”, recuerda Gopala.

La disciplina que conquista el mundo
El yoga se ha popularizado en Occidente como un bálsamo para aliviar algunos males Esta práctica milenaria se ha alejado de la tradición para acercarse a la gimnasia

http://elpais.com/elpais/2015/11/04/eps/1446639639_631598.html

Yoga – La disciplina que conquista el mundo

Kinti en su jardín

Kinti- Macarena Márquez

Kinti- Macarena Márquez

Creía que eran duendes, pero no. Mi estudio es tan pequeño, que cada vez que los vecinos bajan la tele, o la música, con sus mandos, me la bajan a mí.
Cuando eso sucede, mi “Kinti” de marquetería del siglo XIX, desde su columpio, mira las violetas del mini bloc de acuarela de la mesa, que es su patio. Y también su jardín.

La sociedad de los pitos

LA SOCIEDAD DE LOS PITOS

https://macarenamarquezblog.wordpress.com/2015/08/22/la-sociedad-de-los-pitos/

Vivimos en la sociedad de los pitos. Nos despertamos con una pitada insufrible que hace pasar nuestra frecuencia cardíaca de cero a mil. A partir de ahí todo es un estertor. Desde los pitos de los guardias, hasta las pitadas de los árbitros, pasando por el pito de la vitro y el del microondas, que no tiene suficiente con pararse cuando ya ha calentado la leche por las mañanas, sino que tiene que proferir una especie de agudo quejido que confundo siempre con las señales horarias del informativo de las siete. No soporto el pito almibarado y absurdo del ascensor, que cuando llega al piso que yo he pulsado me avisa sin haberlo pedido. Es un pito innecesario que nos hemos inventado, que me sobresalta cuando llego al coche y no me he puesto todavía el cinturón de seguridad; que me desasosiega cuando pulso el botón de mi ordenador y me dispongo a ver el correo del día; que berrea cuando al operario de los grandes almacenes de turno se le olvida quitarme el antirrobo; que machaca a los conductores de autobús que lo tienen que oír millones de veces a la semana; que me asusta cuando un impaciente me pita sin apercibirse de que estoy cruzando por un paso de cebra. No soporto el pito de la alarma del de abajo, que salta sin motivo alguno sólo porque hace calor. Ni a Pitingo, que,  aunque me encanta, me lo ponen a todo trapo. Ni el pito quejumbroso del inalámbrico de mi casa, que cuando ya casi estoy entrando en  en el sueño de los justos al finalizar la jornada, me recuerda desde algún lugar recóndito que se le está acabando la batería. 

Luego dirán que han inventado el microaudífono que, a este paso, en pocos lustros, casi toda la población tendrá que llevar.  ¿No sería mejor que dejaran de inventar los pitos con los que nos están dejando sordos?

Café soluble y tinta china. Autora: Macarena Márquez Propiedad Particular

Café soluble y tinta china.
Autora: Macarena Márquez
Propiedad Particular

A este paso, habremos inquietado hasta a la Esfinge de Guizeh